Hernán Dobry

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24 mayo, 2021

“Encontré en la literatura mi protección y mi coraza”

La obra es el sentido expresivo de un artista. Es decir, su mensaje temporal. Internarse en ella conlleva navegar por las intrincadas aguas de sus emociones, intenciones, fantasías y valores vivenciales.
Si este arte gira en torno de la palabra escrita, en todas las variantes del campo literario, arriesgarse a su lectura es acompañarlo en la aventura onírica a través de esa selva conjetural de conceptos, imágenes y riesgos verbales.
Descorrer el velo artificioso de su literatura significa descubrirlo a él en toda su potencia creativa, pues toda obra esconde al artista, al hombre medular que trasciende su tiempo social, representado por sus valores éticos.
Daniel Guebel es dueño de una abundante y ecléctica literatura, que reúne muchas de estas características que lo han llevado a convertirse en un escritor de buen pulso y alto vuelo.

Mario Dobry (MD): ¿Radica tu búsqueda como relator de tus escritos en el invertebrado espacio de los hallazgos olvidados? ¿Es ese el eje de tus novelas y de tus intereses emocionales?
Daniel Guebel (DG): Eso es una tesis, ¡no una pregunta!, ¿qué podría responder? La verdad que no sé, vamos a una pregunta sencilla.

MD: En tu libro “El hijo judío”, decís en el comienzo que tenés una ensoñación, estás ante un espejo, tu papá te tiene en brazos, tu mamá a tu hermana, se miran, se sonríen y, sufrís un grave sentir, sentirse ese niño idiota de la novela de vivir cuando uno es chico. Esa ensoñación, luego, se transforma en la búsqueda de algo en que desarrollarte y afirmás que te transformás en escritor, cuando serlo es una cosa extraña. Y serlo provoca un daño, pero, además, es un daño que aparentemente construye la solución, que hace que tu padre te sonría y te sientas un niño natural. ¿Qué podés decir de esta página del libro?
DG: Ese es un relato verídico en términos autobiográficos. Era una fantasía constitutiva de mi infancia, la idea de ser un idiota, no saberlo y que de golpe mi familia, o en este caso mi padre, me dijera: “hasta ahora lo eras, a partir de ahora ya no lo sos”. Y la palabra es escritura ¿no?, en el en el punto en que la posición del saber y la revelación de los enigmas está en el universo adulto. Construí una infancia para averiguar y adivinar primero como uno se convierte en adulto y, luego, cómo se ganaba el aprecio de los adultos, en este caso de los de mi familia. ¿Cómo hacerme perdonar el idiota que era? Y encontré en la literatura mi protección y mi coraza.

Hernán Dobry (HD): ¿Y una vez que llegaste a adulto?
DG: Las cosas se vuelven más complicadas, porque la escritura se vuelve una pasión que no necesariamente es correspondida con el amor del lector. No es lo mismo. Puedo dar testimonio personal, a nadie tiene por qué importarle, pero la perseverancia en el proceso de la escritura me ganó ante mí mismo, primero el respeto de mi padre y, después, su aprecio. Esto es esta fantasía de un niño que se creía no querido y que, probablemente, fue una fantasía errónea.

MD: Cuando uno tiene una hermana y comienzan a jugarse los roles de mayor y menor y, la atención de los padres, uno sin quererlo juega el papel de la víctima o el victimario en algunos. Victimario cuando somete a la hermana, como lo has hecho vos en algunos casos, a ciertas presiones medias extrañas, nacida de los celos y del amor repartido de los padres, que pienso que eso está dentro de tu universo…
DG: Claro, por eso “El hijo judío” empieza con una escena de celos. Nace mi hermana y me niego a comer.

MD: Y los salva el amor, porque los demás ven lo lógico. Ahora, no tanto pero antiguamente era lo lógico “este chico rompe las bolas”, pero, de pronto, viene una abuela, que tiene una mirada más allá de las cosas y acerca a lo que es la vida un plato de sopa. Allí, descubrís en medio de la sopa el universo que te espera…
DG: Exactamente, el universo de Oriente. En el fondo del plato térmico de sopa, el exterior era de aluminio, pero el plato en sí mismo era de porcelana cachada y descubro una imagen oriental, un chino saludando a una china o un japonés saludando una japonesa.

HD: Después te va a llevar a una de tus últimas dos novelas…
DG: Bueno, en realidad mi segunda novela, en “La perla del emperador”, ya es una novela que transcurre en oriente, en Malasia.

MD: Hablando de la novela, pasando de un lado al otro, la novedad, esta pequeña novela del enorme medio de “Enana blanca”, hay una unión entre lo oriental y lo occidental que es el universo nuestro propio y el otro lado del universo, que mira una misma señal del cielo y las contempla de dos formas diametralmente diferentes: una llena de poesía y de amor y la otra dentro de la mentalidad occidental precisa y determinista. ¿Ese fue uno de los móviles que te llevaron a escribir esta novela?
DG: En realidad, no empiezo a escribir textos dejándome llevar por grandes ideas totalizadoras, aunque tenga obviamente un afán de totalización en términos de experiencia literaria. Es decir, todo escritor, aunque sea el peor de los pelmazos, quiere ser el mejor del mundo y hacer la mejor obra posible. Hay un prólogo muy lindo de Truman Capote en su libro “Música para camaleones”, donde dice que cuando descubrió el arte de la escritura, se dio cuenta que Dios le había dado un don y un látigo. Estaba él solo con su arte y con el látigo con el que él mismo se azotaba para continuar. En el caso de “Enana blanca”, hacía años por motivos que no puedo develar, quería escribir una novela sobre Tycho Brahe, el más grande astrónomo del período pre-copernicano, un personaje fascinante con una historia personal absolutamente extraordinaria. Juntaba materiales y como tengo una biblioteca completamente descuajeringada, donde voy poniendo los libros y no los encuentro más, lo que juntaba sobre él lo perdía. Un día dije: basta, estoy cansado de mí mismo, quiero ser una novela. Fui a Wikipedia y leí en la primera página que él descubrió la enana blanca que se llama SN-1571. Acá, vamos a explicar que es una enana blanca. Se trata de una estrella que ya desapareció, pero que está en distancias siderales y cuyo fulgor tarda miles de años luz en llegar. La que descubre Tycho Brahe se había apagado cientos, miles y tal vez millones de años atrás, pero su fulgor llegaba a Occidente, se veía una estrella en crecimiento, creció más que Júpiter y la gente pensaba que era el fin del mundo. Pero esto que descubren en Occidente en el siglo XVI, lo habían descubierto en China los astrónomos dos siglos antes. Leo este dato y escribo media página de Tycho Brahe, la más visible de su vida, en un duelo un rival le corta la nariz y toda la vida usa tapanarices y, paso a contar la historia inventada de un astrólogo chino, que descubre la “estrella del fin del mundo” y hay una conspiración para que la noticia no se esparza, porque sería adelantar el fin del mundo. Esa es la novela, conspiraciones, poesía y teología cabalística. Los argumentos que usa el astrólogo chino para hablar con su amante son sobre la creación del universo que utilizaban los cabalistas.

Si querés ver o escuchar la entrevista completa que le realizaron Hernán y Mario Dobry al escritor Daniel Guebel en su programa “Letras y corcheas”, que se emite por Eco Medios AM 1220 los jueves a las 22, hacé clic en los banners.

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