Hernán Dobry

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10 mayo, 2021

“La poesía recarga de significación todo aquello que es desvirtuado por una previsibilidad desmedida”

La poesía suele ser el lugar donde convergen las emociones perentorias, de los que claman respuestas imposibles y desde donde emergen los gritos oraculares de las grietas del alma. Puede ser catarsis de las soledades existenciales y vuelo enamorado de las palomas del alma.
Nacida en el profundo misterio de la armonía musical, de las esferas universales y de las vibraciones viscerales del hombre, la poesía ha servido de rescate histórico de la osadía libertaria de los pueblos, emotiva en el canto general del hambre secular de la vida que transita.
Santiago Kovadloff es un exponente de la rara avis poética, virtuoso de virtudes innegables en esto de indagar los caminos de las encrucijadas humanas.

Mario Dobry (MD): ¿Qué círculo reúne a la poesía, al hombre y al poema?
Santiago Kovadloff (SK): Siempre he creído que el hombre es un ser inconcluso. Vale decir es un ser que, a diferencia de los integrantes de otras especies, no está gobernado en forma exclusiva por la biología o la naturaleza. Es, también, un ser del lenguaje. Como ser de lenguaje, es fundamentalmente una tarea, una labor, un anhelo de expresión. Es un ser que se busca para poder ser y no un ser que está consumado, como en una idiosincrasia. A diferencia del animal que en verdad evoluciona dentro de su especie sin poner empeño en lograr esa evolución, es todo él biología. En nuestro caso, no es así. Es probable ser un hombre y una mujer, pero no es seguro, se puede pertenecer anatómico o biológicamente a la especie humana. Para ser un hombre o una mujer, disfruto de una labor, de una construcción, de una educación, de un empeño. Entonces, en ese trayecto que lleva un ser hacia su deseo, hacia su posibilidad de evolucionar, el lenguaje tiene dos funciones básicas. Una es la de garantizarnos la inteligibilidad cotidiana de las cosas, todo aquello que de alguna manera permite que nos entendamos, compartamos criterios, nociones de significación, valores comunes; lo que facilita en alguna medida la convivencia. Por otro lado, el lenguaje es, también, la posibilidad de registrar la emoción de esos descubrimientos que nos depara el asombro, que propone la angustia, que facilita la alegría o que permite de alguna manera la monotonía, el júbilo, todas aquellas vivencias que nos sorprenden con intensidades inéditas, que escapan a la vida cotidiana, o a lo que podemos llamar lo previsible. La poesía forma parte del repertorio de enunciaciones dictadas por lo imprevisible, no porque se ocupa de realidades que no sean accesibles en el campo de la de la cotidianeidad, sino porque transfigura las vivencias de lo cotidiano, las repotencia, les brinda una energía de las que las priva la costumbre, el prejuicio, la indiferencia. La poesía recarga de significación todo aquello que es desvirtuado por una previsibilidad desmedida, vuelve a ganar brillo y presencia, por obra de estas experiencias fundamentales a las que antes me refería, el asombro, la angustia, la emoción de parada por la vivencia de un júbilo. De manera que, ahí, es donde quedan emparentados el hombre, la poesía y esta posibilidad de expresión.

Hernán Dobry (HD): En una entrevista me dijiste: “Creo que mi poesía es el módico triunfo que puede lograr sobre el sentimiento del tiempo, tal como aportan los años”. ¿Cómo fue cambiando tu forma de escribir desde tus comienzos como poeta al Santiago Kovadloff de hoy?
SK: Soy un hombre de 78 años, por lo tanto, me encuentro en la etapa final de mi vida, desconozco cuántos años más podré vivir, pero seguramente no serán muchos. Espero que no lo sean en la medida en que asocio la lucidez a una módica cantidad de años. Preferiría no durar, sino vivir. Entonces, en esta etapa de mi vida, diría que lo que la escribe como un período significativo es el descubrimiento del tiempo, que se inició con el nacimiento de mis hijos. Eso hizo de mí alguien que quedaba inscrito en la temporalidad porque había dejado de ser última generación, para pasar a ser penúltima y, este descubrimiento extraordinario, que va acompañado de la alegría de haber dado vida, o de contribuir a dar vida, es al mismo tiempo el que hace de nosotros seres que descubren que van a pagar el desarrollo de sus hijos con el envejecimiento; al que reciben no con resignación, sino con decisión, puesto que a cambio de él está la alegría de ver florecer a quienes nos han seguido en el tiempo. Esta etapa de mi vida, que fue la del nacimiento de mis hijos y que se inició cuando yo tenía 25 años, no cobró sin embargo transparencia clara para mí hasta el momento en que murieron mis padres. Cuando mis padres mueren, a principios de siglo, en forma sucesiva uno en 2007 y la otra 2008, en el momento en que irrumpió la orfandad, también descubrí la otra manera ya no de ser penúltimo, haber dejado de ser último, sino de ser el próximo. Me tocaría pronto morir a mí también, pronto quiere decir, indudablemente en una escala normal de sucesión generacional me tocaría a mí morir y ser sepultado por mis hijos. Estas vivencias de la sucesión del tiempo, unidas a otras mucho más filosóficas, como la de saber que la muerte no es necesariamente aquello que nos aguarda, sino aquello que dejará de producirse con nuestra extinción. Todo eso me fue llevando a una poesía donde el sentimiento del tiempo se perfiló como el vocero primordial de mi enunciación poética.

MD: Lo veo por ejemplo en una poesía que se llama “Ben David” donde escribís algo de eso: “Siento a veces, que mis gestos son los de mi padre y que, yo soy el hombre de más de 70 años que agobiado y lejos de donde vivo, avanza al alba insomne, lento, solo”. Estas palabras están unidas a lo que decís en Yom Kippur, que tu hija no es como vos quisiste, ni vos como ella quiso, pero los dos juntos como cuatro manos estamos, Yom Kippur mirando televisión.
SK: Justamente que el sentimiento del tiempo, no necesariamente asociado a la idea de la muerte, es la de que iremos hacia la muerte. Creo que dejamos de morir al expirar, vamos muriendo mientras vivimos, porque la muerte es la experiencia del viviente, no es la experiencia de quien es difunto. El difunto justamente no es protagonista de su experiencia, ni de ninguna experiencia, al menos así lo creo yo. Me parece más bien que la muerte como sentimiento de finitud nos embarga mientras vivimos.

MD: Lo que pasa es que para que todo cambie la muerte es ineludible, porque si hemos nacido debemos morir, porque si no el nacimiento eterno es como si de la nada se creará el todo sin cesar. Así que es parte de esa aventura del vivir el cesar de vivir.
SK: No hay duda, es así efectivamente.

Si querés ver o escuchar la entrevista completa que le realizaron Hernán y Mario Dobry al poeta Santiago Kovadloff en su programa “Letras y corcheas”, que se emite por Eco Medios AM 1220 los jueves a las 22, hacé clic en los banners.

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