Hernán Dobry

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12 abril, 2021

“Nací en un sueño que terminó en una pesadilla”

Hay personas que se distinguen por su tenacidad, por su espíritu aventurero y, también los que lo hacen por su amor irrestricto a la vida. “Amor a la vida” implica amar a los otros, como se ama los propios y, como a uno mismo.
La raíz de la aventura es el cambio y la devoción a lo cambiante, el placer a lo modificable, a lo nuevo, a la vida que será mejor y más sabia. La tenacidad es la energía del espíritu, la persistencia del deseo, el flujo del hombre que conoce su origen y marcha hacia su fin, del que se cree participe sin otra razón que la indescifrable fe en la vida. Abrasha Rotenberg ha sido capaz de reunir estos atributos y muchos otros más.

Mario Dobry (MD): ¿Qué significa para vos ser judío que has tenido que transitar por la Segunda Guerra Mundial y la fundación del Estado de Israel y, has vivido en sociedades tan disímiles como la Unión Soviética, la Argentina, Francia y España?
Abrasha Rotenberg (AR): Es un poco mi historia personal. Nací en la Unión Soviética en 1926, es decir nueve años después de la revolución, en un mundo muy cambiante. En 1922, Benito Mussolini tomó el poder en España, Adolf Hitler en Alemania. Vivía en un país donde mi familia materna estaba convencida de que estábamos en un lugar donde iba a aparecer el hombre nuevo, socialista, el comunista perfecto. Nací en un sueño que terminó en una pesadilla. Siete años y medio en la Unión Soviética y después en varios lugares. Allí, según la teoría marxista, la religión era el opio de los pueblos. Del lado materno no tuve ningún vínculo consciente con lo judío y del lado paterno, donde viví más tiempo todavía en esos la familia eran dos ancianos. Mi abuelo tenía una tradición judía elemental, porque vivíamos en un pequeño pueblito de 1.000 habitantes mitad judíos y mitad ucranianos, pero no había allí un judaísmo activo. Nunca escuché hablar allí idish. Mi abuela era una mujer muy atípica, se pasaba el día leyendo y la casa era un caos, la cosa judía no existía y menos en el lado de mi familia materna, donde eran convencidos y fanáticos comunistas. La historia de cada uno de ellos merece un largo encuentro. Mi padre se había escapado de la Unión Soviética porque no tenía lugar allí ningún oficio, no era ni obrero, ni campesino, ni intelectual, ni ingeniero. Era lo que llamaban un parásito en esa época. Cuando llegué a la Argentina, sin conocer a mi padre, viví en un barrio absolutamente de inmigrantes italianos y españoles. Allí, por primera vez en mi vida, sin hablar otro idioma que el ruso y el ucraniano, en la calle me empezaron a gritar algo que no entendía. Era muy diferente, venía de una larga travesía, usaba cortado el pelo al ras, vestía un traje marinero que me había comprado mi madre, era raro y, me gritaban cosas. No sabía el castellano no entendía, pero sentía que era muy agresivo. Mi casa también era una pequeña Babel, vivíamos en La Paternal, en tres o cuatro habitaciones con mis tíos y mis primas. Mi mamá hablaba bastante idish, ruso y ucraniano, mi papá un mal castellano, un mal ucraniano y un mal idish y mis primas idish. La única comunicación verdadera que tenía era con mi madre. Cuando le conté que me estaban gritando, vino un secreto, descubrí que no venía solamente de la Unión Soviética, de Ucrania, de Moscú, de Magnitogorsk, sino que tenía un pasado que venía de un pequeño pueblo de oriente medio y que éramos judíos. Ocurrió un fenómeno extraño, se juntó la necesidad con la curiosidad. La necesidad que tenía que ubicarme y aprender el castellano. Al mismo tiempo, mi padre trabajaba, mi madre estaba muy ocupada y yo a la tarde no tenía nada que hacer. Llegamos en noviembre, en marzo entré a la escuela primaria argentina, tenía ocho años, era alto y mis compañeros seis y eran bajitos. Era diferente y apenas hablaba castellano. Por la tarde, no tenía contacto con nadie y se les ocurrió que podía ir a la escuela judía del barrio.

MD: Al mismo que fui yo…
AR: Mirá lo que es la casualidad. Vos estuviste veinte años más tarde, pero cuando fui, el primer grado era una fila, el segundo la segunda y estábamos todos mezclados. Ahí, descubrí un idioma que me fascinó y aprendí a leer muy rápidamente. Descubrí que el judaísmo me abría una puerta y me daba muchas respuestas. Tanto me apasioné que terminé siendo maestro. Después, seguí la escuela en Pasteur y, también, en una escuela en Parque Patricios. Mi relación con el judaísmo fue una suma extraordinaria para mi formación, porque no me alcanzó con conocer su historia, sino también bastante la Biblia, algo del Talmud y, sobre todo, la literatura, el Cantar de los cantares, todo ese mundo de sabiduría que tiene vigencia todavía hoy. Luego, la cultura judía de la Europa del este, que creó escritores que representaron la vida de un mundo que ya no existe. Después, seguí con los escritores soviéticos en idish, todo ese mundo lo incorporé como una parte importante. Hace poco se me ocurrió una idea en la cabeza: si Dios era vegetariano o comía carne y era carnívoro. Fíjense en la historia de Caín y Abel ¿por qué se enojó Caín con su hermano?, porque le trajo carne a Dios y le gustó mucho más que el cultivo que desarrollaba Abel. Es lo mismo que las historias de cowboys, los conflictos entre los vaqueros y los dueños de la tierra. El judaísmo es una parte muy importante de mi vida. Diría que “estoy orgulloso de ser judío”, es una estupidez, pero he vivido el judaísmo y el israelismo, qué son dos cosas parecidas, pero diferentes. Parto de la base, en la concepción del judaísmo como un plural, existen los judaísmos para mí, no el judaísmo. El judaísmo es el reflejo del judío que vive en distintos sitios y, no es lo mismo serlo en Marruecos que en la Argentina. Uno es mucho más marroquí y tiene una parte judía, el judío argentino es argentino y tiene una parte judía.

Si querés ver o escuchar la entrevista completa que le realizaron Hernán y Mario Dobry al escritor Abrasha Rotenberg en su programa “Letras y corcheas”, que se emite por Eco Medios AM 1220 los jueves a las 22, hacé clic en los banners.

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