Hace dos años emigró con su mujer y sus hijas desde Buenos Aires hasta Madrid, donde se han sentido bien acogidos desde el primer día, aunque aún no se ha recuperado de la sorpresa que le causó descubrir el reducido tamaño de la comunidad judía local. “Aquí, en el templo somos 30, en Buenos Aires éramos 500. Y sólo hay uno; allí vivía rodeado de sinagogas”, compara.
Creció en el país que alberga la séptima mayor comunidad judía del mundo, sabe lo que es vivir atentados terroristas en los centros donde solía ir a rezar y está acostumbrado a cruzar puertas con bolardos anti coches-bomba.
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